Nuestra Señora de París

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Cada vez más sumido en sus ensoñaciones, se decía, siguiéndola vagamente con los ojos: «¡Así que “Esmeralda” es esto! ¡Una criatura celestial! ¡Una bailarina callejera! ¡Tanto y tan poco! Ella es quien dio el golpe de gracia a mi misterio esta mañana, ella es quien me ha salvado la vida esta noche. ¡Mi genio maléfico! ¡Mi ángel de la guarda! ¡Una hermosa mujer, a fe mía! ¡Y que debe de amarme con locura para haberme tomado sin más ni más!».

—¡Por cierto! —dijo, levantándose de pronto con ese sentimiento de lo real que constituía el fondo de su carácter y de su filosofía—, no sé muy bien cómo ha sido, pero soy tu marido.

Con esta idea en la cabeza y en los ojos, se acercó a la joven con unas maneras tan militares y galantes que ella retrocedió.

—¿Qué queréis de mí? —dijo.

—¿Y vos me lo preguntáis, adorable Esmeralda? —repuso Gringoire con tanto apasionamiento que él mismo estaba asombrado de oírse hablar así.

La egipcia abrió sus grandes ojos.

—No sé qué queréis decir.

—¡Cómo! —replicó Gringoire, enardeciéndose cada vez más y pensando que, después de todo, no se las había más que con una virtud de la Corte de los Milagros—. ¿No soy tuyo, dulce amiga? ¿No eres tú mía?


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