Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—Entonces —prosiguió el poeta, sintiendo un tanto frustradas sus esperanzas amorosas—, ¿no tuvisteis otro pensamiento casándoos conmigo que salvarme de la horca?

—¿Y qué otro pensamiento quieres que hubiera tenido?

Gringoire se mordió los labios.

—Vaya, todavía no tengo tanto éxito en los asuntos de Cupido como creía. Pero, entonces, ¿para qué romper aquel pobre cántaro?

El puñal de Esmeralda y los cuernos de la cabra seguían a la defensiva.

—Señorita Esmeralda, capitulemos —dijo el poeta—. No soy escribano en el Châtelet y no os causaré problemas por llevar una daga en París pese a las ordenanzas y prohibiciones del señor preboste, aunque no ignoráis que Noël Lescripvain fue condenado hace ocho días a pagar diez sueldos parisienses por llevar encima un chafarote. Pero eso no es asunto mío, así que voy al grano. Os juro por la parte de paraíso que me corresponda que no me acercaré a vos sin vuestro permiso y consentimiento, pero dadme de cenar.


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