Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París En el fondo, Gringoire, como Despréaux, era «muy poco voluptuoso». No pertenecía a esa especie caballeresca y mosquetera que toma a las damas por la fuerza. En cuestión de amor, como en todo otro asunto, tendía gustoso a contemporizar y a evitar los extremos; y una buena cena en amigable compañía le parecía, sobre todo cuando tenía hambre, un entreacto excelente entre el prólogo y el desenlace de una aventura amorosa.
La egipcia no contestó. Hizo su mohín desdeñoso, irguió la cabeza como un pájaro y rompió a reír al tiempo que el puñalito desaparecía de la misma manera que había aparecido, sin que Gringoire pudiera ver dónde escondía la abeja su aguijón.
Unos instantes después había en la mesa un pan de centeno, una loncha de tocino, unas manzanas arrugadas y una jarra de cerveza. Gringoire se puso a comer a dos carrillos. Oyendo el tintineo furioso del tenedor de hierro contra el plato de loza, se habría dicho que todo su amor se había trocado en apetito.
La muchacha, sentada ante él, lo miraba en silencio, visiblemente ensimismada en otro pensamiento que la hacía sonreír de vez en cuando, mientras su delicada mano acariciaba la inteligente cabeza de la cabra, suavemente presionada entre sus rodillas.
Una vela de cera amarilla iluminaba aquella escena de voracidad y de ensueño.