Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Sin embargo, una vez acallados los primeros gemidos de su estómago, Gringoire sintió cierta falsa vergüenza al ver que solo quedaba una manzana.
—¿No coméis, señorita Esmeralda?
Ella hizo un gesto negativo con la cabeza y, pensativa, dirigió la mirada hacia la bóveda del cuarto.
«¿Qué demonios le interesará tanto? —pensó Gringoire—. Es imposible que la mueca de ese enano de piedra esculpido en el centro de la bóveda absorba de ese modo su atención. ¡Qué diablos! ¡Yo resisto la comparación!»
—¡Señorita! —dijo, alzando la voz.
Ella parecÃa no oÃrlo.
—¡Señorita Esmeralda! —repitió, en voz todavÃa más alta.
Esfuerzo vano. La mente de la joven estaba en otra parte y la voz de Gringoire no tenÃa la fuerza suficiente para hacerla volver. Afortunadamente, la cabra intervino tirando suavemente de una manga de su ama.
—¿Qué quieres, Djali? —dijo de pronto la egipcia, como si se despertara sobresaltada.
—Tiene hambre —dijo Gringoire, encantado de entablar conversación.
Esmeralda se puso a desmigajar pan, que Djali comÃa graciosamente en el hueco de su mano.