Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La bailarina callejera, expresándose asÃ, era de una belleza que impresionaba de manera singular a Gringoire y le parecÃa en consonancia perfecta con la exaltación casi oriental de sus palabras. Sus labios puros y rosados desplegaban una semisonrisa; su frente cándida y serena se empañaba a veces por efecto de sus pensamientos, como un espejo al echarle el aliento; y de sus largas y negras pestañas bajadas emanaba una especie de luz inefable que daba a su perfil esa delicadeza ideal que Rafael encontró más tarde en el punto de intersección mÃstica de la virginidad, la maternidad y la divinidad.
Ello no impidió a Gringoire proseguir.
—¿Cómo hay que ser, entonces, para agradaros?
—Hay que ser hombre.
—¿Y yo qué soy?
—Un hombre lleva yelmo en la cabeza, espada en la mano y espuelas de oro en los talones.
—O sea —dijo Gringoire— que sin caballo no hay hombre. ¿Amáis a alguien?
—¿Os referÃs al auténtico amor?
—Al auténtico amor, sÃ.
Ella se quedó pensativa un momento y respondió con una expresión particular:
—Lo sabré muy pronto.