Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —¿Por qué no esta noche? —dijo con ternura el poeta—. ¿Por qué no a mÃ?
Ella le dirigió una mirada circunspecta.
—Solo podré amar a un hombre capaz de protegerme.
Gringoire se sonrojó y se dio por enterado. Era evidente que la joven hacÃa alusión a la escasa ayuda que le habÃa prestado en la circunstancia crÃtica en que se habÃa encontrado dos horas antes. Aquel recuerdo, borrado por las otras aventuras de la noche, volvió a su mente. El poeta se dio una palmada en la frente.
—Por cierto, señorita, deberÃa haber empezado por ahÃ. Perdonad mi distracción. ¿Cómo os las habéis arreglado para escapar de las garras de Quasimodo?
Esta pregunta hizo estremecerse a la gitana.
—¡Ah, ese horrible jorobado! —dijo, tapándose la cara con las manos.
Esmeralda temblaba como sobrecogida por un frÃo glacial.
—Horrible, en efecto —dijo Gringoire, que no renunciaba a obtener una respuesta a su pregunta—. Pero ¿cómo conseguisteis escapar de él?
Esmeralda sonrió, suspiró y guardó silencio.
—¿Sabéis por qué os seguÃa? —insistió Gringoire, tratando de volver a la pregunta mediante un rodeo.