Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Sin duda, la iglesia de Notre-Dame de París es todavía hoy un majestuoso y sublime edificio. Pero, por hermoso que se haya mantenido al envejecer, resulta difícil no suspirar, no indignarse ante las degradaciones, las innumerables mutilaciones que el tiempo y los hombres han infligido simultáneamente al venerable monumento sin mostrar el menor respeto por Carlomagno, que puso la primera piedra, ni por Felipe Augusto, que puso la última.
En el rostro de esta vieja reina de nuestras catedrales, junto a una arruga encontramos siempre una cicatriz. Tempus edax, homo edacior,[40] sentencia que gustosamente yo traduciría así: el tiempo es ciego, el hombre es estúpido.
Si tuviéramos la oportunidad de examinar una a una con el lector las distintas huellas de destrucción impresas en la antigua iglesia, la parte achacable al tiempo sería la menor, mientras que la peor sería la de los hombres, especialmente de los artesanos. Tengo que decir «artesanos», puesto que en los dos últimos siglos ha habido individuos que se han arrogado el título de arquitectos.