Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs En primer lugar, para no citar más que algunos ejemplos capitales, hay sin duda alguna pocas páginas arquitectónicas más bellas que esta fachada, en la que, sucesiva y simultáneamente se despliegan ante la vista, juntos pero no revueltos, con sus innumerables detalles de estatuaria, de escultura y de cincelado, poderosamente integrados en la serena grandeza del conjunto, los tres pórticos ojivales, el cordón bordado y calado de los veintiocho nichos reales, el inmenso rosetón central flanqueado por sus dos ventanas laterales, a semejanza del sacerdote por el diácono y el subdiácono, la alta y frágil galerÃa de arcos trilobulados que sostiene una pesada plataforma sobre sus finas columnillas, y finalmente las dos negras y macizas torres con sus colgadizos de pizarra, partes armoniosas de un todo magnÃfico superpuestas en cinco pisos gigantescos. Vasta sinfonÃa de piedra, por asà decirlo; obra colosal de un hombre y de un pueblo, una y compleja a la vez como las IlÃadas y los Romanceros de los que es hermana; producto prodigioso de la contribución de todas las fuerzas de una época, donde en cada piedra se ve brotar de cien maneras la fantasÃa del obrero disciplinada por el genio del artista; suerte de creación humana, en una palabra, poderosa y fecunda como la creación divina a la que parece haber hurtado su doble carácter: variedad y eternidad.