Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La escalera la ha hecho desaparecer el tiempo, elevando de manera lenta pero irresistible el nivel del suelo de la Cité. Sin embargo, a la vez que devoraba uno a uno, mediante esa marea ascendente del empedrado de París, los once peldaños que realzaban la altura majestuosa del edificio, el tiempo ha dado a la iglesia quizá más de lo que le ha quitado, pues es el tiempo el que ha extendido sobre la fachada ese oscuro color de los siglos que convierte la vejez de los monumentos en la edad de su belleza.
Pero ¿quién ha retirado las dos hileras de estatuas? ¿Quién ha dejado los nichos vacíos? ¿Quién ha tallado justo en medio del pórtico central esa ojiva nueva y bastarda? ¿Quién se ha atrevido a colocar esa insulsa y pesada puerta de madera tallada en estilo Luis XV junto a los arabescos de Biscornette? Los hombres: los arquitectos, los artistas de nuestros días.
Y si penetramos en el interior del edificio, ¿quién ha derribado a aquel coloso de san Cristóbal, proverbial entre las estatuas por las mismas razones que la Gran Sala del Palacio entre las salas o que la flecha de Estrasburgo entre los campanarios? Y aquellas miríadas de estatuas que poblaban todos los intercolumnios de la nave y del coro, arrodilladas, de pie, ecuestres, hombres, mujeres, niños, reyes, obispos, gendarmes, de piedra, de mármol, de oro, de plata, de cobre, incluso de cera, ¿quién las ha destruido brutalmente? No ha sido el tiempo.