Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París ¿Y quién ha sustituido el viejo altar gótico, espléndidamente recargado de urnas y de relicarios, por ese pesado sarcófago de mármol con cabezas de ángeles y nubes, que parece una muestra descabalada del Val-de-Grâce o de los Inválidos? ¿Quién ha sellado estúpidamente ese pesado anacronismo de piedra en el empedrado carolingio de Hercandus? ¿No ha sido Luis XIV cumpliendo el deseo de Luis XIII?
¿Y quién ha puesto fríos cristales blancos en lugar de aquellas vidrieras de «colores subidos» que hacían dudar a los ojos maravillados de nuestros padres entre el rosetón del gran pórtico y las ojivas del ábside? ¿Y qué diría un sochantre del siglo XVI al ver la bonita pintura amarilla con la que nuestros vándalos arzobispos han embadurnado su catedral? Recordaría que el verdugo pintaba de ese color los edificios «malévolos»; se acordaría del palacio del Petit-Bourbon, totalmente pintarrajeado también de amarillo debido a la traición del condestable, «amarillo después de todo de tan buen temple —dice Sauval— y tan bien protegido que más de un siglo no ha podido aún hacerle perder el color». Creería que el lugar sagrado se ha convertido en un lugar infame y huiría.