Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Notre-Dame de ParÃs no es, por lo demás, lo que podemos llamar un monumento completo, definido, clasificado. Ya no es una iglesia románica y todavÃa no es una iglesia gótica. Este edificio no es un tipo. Notre-Dame de ParÃs no tiene, como la abadÃa de Tournus, la grave y maciza corpulencia, la redonda y amplia bóveda, la desnudez glacial, la majestuosa sencillez de los edificios cuyo generador es el arco de medio punto. No es, como la catedral de Bourges, el producto magnÃfico, ligero, multiforme, tupido, erizado y floreciente de la ojiva. Imposible incluirla en esa antigua familia de iglesias sombrÃas, misteriosas, bajas y como aplastadas por el medio punto; casi egipcias de no ser por el techo; absolutamente jeroglÃficas, sacerdotales, simbólicas; más cargadas, en sus ornamentos, de rombos y de zigzags que de flores, más de flores que de animales, más de animales que de hombres; no tanto obra del obispo como del arquitecto; primera transformación del arte, totalmente impregnado de disciplina teocrática y militar, que tiene sus raÃces en el bajo imperio y se detiene en Guillermo el Conquistador. Imposible situar nuestra catedral en esa otra familia de iglesias altas, aéreas, ricas en vidrieras y esculturas; agudas en sus formas y atrevidas en sus actitudes; comunales y burguesas como sÃmbolos polÃticos; libres, caprichosas y desenfrenadas como obras de arte; segunda transformación de la arquitectura, ya no jeroglÃfica, inmutable y sacerdotal, sino artÃstica, progresiva y popular, que comienza a la vuelta de las cruzadas y termina con Luis XI. Notre-Dame de ParÃs no es ni de pura raza romana, como las primeras, ni de pura raza árabe, como las segundas.