Nuestra Señora de París

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Así pues, para resumir los puntos que acabamos de indicar, tres clases de estragos desfiguran hoy la arquitectura gótica. Arrugas y verrugas en la epidermis: son obra del tiempo. Vías de hecho, brutalidades, contusiones y fracturas: son obra de las revoluciones, desde Lutero hasta Mirabeau. Mutilaciones, amputaciones, descoyuntamientos del armazón, «restauraciones»: son fruto del trabajo griego, romano y bárbaro de los profesores basándose en Vitruvio y Vignola. Las academias han matado este magnífico arte producido por los vándalos. A los siglos y a las revoluciones, que al menos devastan con imparcialidad y grandeza, ha venido a sumarse el enjambre de arquitectos de escuela, titulados, jurados y juramentados, los cuales degradan con el discernimiento y la elección del mal gusto, y sustituyen las cresterías góticas por las escarolas de Luis XV para mayor gloria del Partenón. Es la coz del asno al león moribundo. Es el viejo roble que se seca y que, por añadidura, es mordido, comido, desmenuzado por las orugas.

¡Qué diferencia con la época en que Robert Cenalis, comparando Notre-Dame de París con el famoso templo de Diana en Éfeso, tan reclamado por los antiguos paganos y que inmortalizó a Eróstrato, encontraba la catedral gala «más excelente en longitud, anchura, altura y estructura»!


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