Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Así es como el maravilloso arte de la Edad Media ha sido tratado prácticamente en todos los países y sobre todo en Francia. En sus ruinas se pueden distinguir tres clases de lesiones que lo destruyen, las tres, en diferentes niveles: primero el tiempo, que ha hecho insensiblemente mella acá y allá y enmohecido por todas partes su superficie; después, las revoluciones políticas y religiosas, las cuales, ciegas e iracundas por naturaleza, se han abalanzado en tromba sobre él, han desgarrado su rico ropaje de esculturas y de cincelados, agujereado sus rosetones, roto sus collares de arabescos y de figuritas, y arrancado sus estatuas, unas veces por su mitra, otras por su corona; por último, las modas cada vez más grotescas y tontas que, desde las anárquicas y espléndidas desviaciones del Renacimiento, se han sucedido en la forzosa decadencia de la arquitectura. Las modas han hecho más daño que las revoluciones. Han cortado por lo sano, han atacado la estructura ósea del arte, han rebanado, cercenado, desorganizado, matado el edificio, tanto en la forma como en su simbolismo, tanto en su lógica como en su belleza. Y después han reconstruido, pretensión que al menos ni el tiempo ni las revoluciones habían tenido. En nombre del «buen gusto», han aplicado descaradamente sobre las heridas de la arquitectura gótica sus miserables perendengues de un día, sus cintas de mármol, sus borlas de metal, una auténtica lepra de ovos, de volutas, de floripondios, de guirnaldas, de flecos, de llamas de piedra, de nubes de bronce, de amorcillos rechonchos y de querubines mofletudos, que empieza a devorar el rostro del arte en el oratorio de Catalina de Médicis y lo hace expirar dos siglos más tarde, atormentado y gesticulante, en el tocador de la Dubarry.