Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Al no contemplar aquí más que la arquitectura europea cristiana, esa hermana menor de las grandes construcciones de Oriente, aparece a la vista como una inmensa formación dividida en tres zonas bien delimitadas que se superponen: la zona románica,[43] la zona gótica y la zona del Renacimiento, a la que llamaríamos gustosos grecorromana. La capa románica, que es la más antigua y la más profunda, se halla ocupada por el arco de medio punto, que reaparece, llevado por la columna griega, en la capa moderna y superior del Renacimiento. La ojiva se encuentra entre las dos. Los edificios que pertenecen exclusivamente a una de estas tres capas son totalmente diferentes, unos y completos. Así son la abadía de Jumièges, la catedral de Reims y la Santa Cruz de Orleans. Pero las tres zonas se mezclan y se amalgaman por los bordes, como los colores en el espectro solar. Eso explica los monumentos complejos, los edificios de matices y de transición. Uno es románico por los pies, gótico en el centro y grecorromano por la cabeza. La explicación es que han tardado seiscientos años en construirlo. Esta variedad es rara. El torreón de Étampes es una muestra de ella. Pero los monumentos de dos formaciones son más frecuentes. Ahí tenemos Notre-Dame de París, edificio ojival que penetra mediante sus primeros pilares en esa zona románica donde se hallan abismados el pórtico de Saint-Denis y la nave de Saint-Germain-des-Prés. Ahí tenemos la encantadora sala capitular semigótica de Bocherville, a la que la capa románica le llega hasta medio cuerpo. Ahí tenemos la catedral de Ruán, que sería totalmente gótica si no sumergiera el extremo de su flecha central en la zona del Renacimiento.[44]


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