Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Para el espectador que llegaba sin aliento a esa cima, la primera impresión era un deslumbramiento de tejados, de chimeneas, de calles, de puentes, de plazas, de flechas, de campanarios. Todo te inundaba los ojos a la vez: el frontón tallado, el tejado agudo, la torrecilla suspendida en las esquinas de los muros, la pirámide de piedra del siglo XI, el obelisco de pizarra del XV, el redondo y desnudo torreón, la torre cuadrada y ornamentada de la iglesia, lo grande, lo pequeño, lo macizo, lo aéreo. La mirada se perdía largo rato en la profundidad de ese laberinto, donde no había nada que no tuviera su originalidad, su razón, su carácter, su belleza, nada que no viniera del arte, desde la casa más pequeña con fachada pintada y esculpida, con armazón exterior, con puerta rebajada, con pisos en saledizo, hasta el real Louvre, que tenía entonces una columnata de torres. Pero pasemos ahora a las principales masas que se distinguían cuando la vista empezaba a habituarse a ese tumulto de edificios.