Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París La Cité, pues, se ofrecía primeramente a la vista con la popa hacia levante y la proa hacia poniente. Colocándose de cara a la proa, tenía uno ante sí un innumerable rebaño de viejos tejados, sobre los que sobresalía ampliamente el ábside emplomado de la Santa Capilla, semejante a la grupa de un elefante cargado con su torre. Con la particularidad de que esta torre era la flecha más audaz, la más labrada, la más afinada, la más calada, la que más ha dejado ver el cielo a través de su cono de crestería. Frente a Notre-Dame, justo delante, tres calles desembocaban en el atrio, hermosa plaza con casas antiguas. Por el lado sur de esta plaza asomaba la fachada arrugada y ceñuda del Hôtel-Dieu y su tejado, que parece cubierto de pústulas y de verrugas. Y a derecha e izquierda, al este y al oeste, en ese estrechísimo recinto de la Cité, se alzaban los campanarios de sus veintiuna iglesias de todas las épocas, de todas las formas, de todos los tamaños, desde el bajo y carcomido campanil románico de Saint-Denis du Pas, carcer Glaucini, hasta las finas agujas de Saint-Pierre-aux-Boeufs y de Saint-Landry. Detrás de Notre-Dame se extendían el claustro con sus galerías góticas al norte, el palacio semirrománico del obispo al sur, y la punta desierta del Terrain en el lado de levante. En aquel amontonamiento de casas, la vista distinguía aún, por sus altas mitras de piedra caladas que coronaban entonces, en el mismo tejado, las ventanas más altas de los palacios, el hotel ofrecido por la ciudad a Juvenal des Ursins durante el reinado de Carlos VI; un poco más lejos, las barracas alquitranadas del mercado Palus; más allá todavía, el ábside nuevo de Saint-Germain le Vieux, ampliado en 1458 con un trozo de la calle Febves; y después, desperdigados, una encrucijada atestada de gente, una picota levantada en la esquina de una calle, un hermoso trozo de pavimento de Felipe Augusto —magnífico embaldosado rayado por los cascos de los caballos en medio de la calle y pésimamente reemplazado en el siglo XVI por el miserable empedrado llamado «pavimento de la Liga»— y un patio desierto con una de esas diáfanas torrecillas de la escalera como las que se hacían en el siglo XV y como la que todavía se ve en la calle Bourdonnais. Por último, a la derecha de la Santa Capilla, hacia poniente, el Palacio de Justicia asentaba al borde del agua su grupo de torres. Las arboledas de los jardines del rey, que cubrían la punta occidental de la Cité, ocultaban el islote del Barquero. En cuanto al agua, desde lo alto de las torres de Notre-Dame apenas se veía a ambos lados de la Cité; el Sena desaparecía bajo los puentes, los puentes bajo las casas.