Nuestra Señora de París

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Y cuando la mirada iba más allá de esos puentes, cuyos tejados enmohecidos antes de tiempo por los vapores del agua verdeaban a ojos vistas, si se dirigía a la izquierda, hacia la Universidad, el primer edificio que le llamaba la atención era un haz achaparrado de torres, el Petit-Châtelet, cuyo portón abierto devoraba el extremo del Petit-Pont; luego, si la mirada recorría la orilla de levante a poniente, de la Tournelle a la torre de Nesle, descubría un largo cordón de casas con vigas esculpidas y cristales de colores que descendían escalonadamente hasta el suelo, un interminable zigzag de frontones burgueses, con frecuencia cortado por una bocacalle y de vez en cuando también por la fachada o la esquina de un gran hotel de piedra que se arrellanaba extendiendo patios y jardines, alas y estancias entre aquella turba de casas apiñadas y pegadas, como un gran señor entre una caterva de villanos. Había cinco o seis hoteles de esos sobre el muelle, desde la residencia de Lorraine, que compartía con los Bernardinos el gran recinto contiguo a la Tournelle, hasta el hotel de Nesle, cuya torre principal marcaba los límites de París y cuyos tejados puntiagudos tenían durante tres meses al año el privilegio de rasgar con sus triángulos negros el disco escarlata del sol poniente.




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