Nuestra Señora de París

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A simple vista la Universidad formaba un bloque. Era, de un extremo a otro, un todo homogéneo y compacto. Aquellos mil tejados, tupidos, angulosos, adherentes, compuestos casi todos del mismo elemento geométrico, ofrecían, vistos desde arriba, el aspecto de una cristalización de la misma sustancia. La caprichosa hondonada de las calles no cortaba aquel pastel de casas en trozos demasiado desproporcionados. Los cuarenta y dos colegios estaban diseminados de un modo bastante uniforme, y los había por todas partes. Los remates variados y divertidos de aquellos bellos edificios eran el producto del mismo arte que los tejados corrientes entre los que sobresalían, y no eran, en definitiva, sino una multiplicación al cuadrado o al cubo de la misma figura geométrica; complicaban el conjunto, pues, sin desordenarlo, lo completaban sin cambiarlo. La geometría es armonía. Algunos hermosos hoteles asomaban también magníficamente acá y allá por encima de las pintorescas buhardillas de la orilla izquierda: la residencia de Nevers, la residencia de Roma y la residencia de Reims, que han desaparecido, así como el hotel de Cluny, que subsiste aún para consuelo del artista y cuya torre tan tontamente desmocharon hace unos años. Cerca de Cluny, ese palacio romano con bonitos arcos cimbrados era las termas de Juliano. Había asimismo numerosas abadías de una belleza más devota, de una grandeza más austera que los hoteles, pero no menos bellas, no menos grandes. Las primeras que atraían las miradas eran los Bernardinos, con sus tres campanarios; Santa Genoveva, cuya torre cuadrada, que todavía existe, tanto hace añorar el resto; la Sorbona, mitad colegio, mitad monasterio, de la que sobrevive una admirable nave; el bello claustro cuadrado de los Trinitarios; su vecino, el claustro de San Benito, entre cuyos muros tuvieron tiempo de construir una chapuza de teatro entre la séptima y la octava edición de este libro; los Franciscanos, con sus tres enormes frontones yuxtapuestos; los Agustinos, cuya graciosa aguja constituía, después de la torre de Nesle, la segunda crestería de este lado de París partiendo de occidente. Los colegios, que son realmente el eslabón intermedio entre el claustro y el mundo, ocupaban el centro en la serie monumental entre los hoteles y las abadías, con una severidad llena de elegancia, una escultura menos alocada que los palacios, una arquitectura menos seria que los conventos. Desgraciadamente no queda casi nada de esos monumentos en los que el arte gótico combinaba con tanta precisión la riqueza y la economía. Las iglesias (y eran numerosas y espléndidas en la Universidad, y se escalonaban también aquí en todas las edades de la arquitectura, desde los arcos de medio punto de Saint-Julien hasta las ojivas de Saint-Séverin) dominaban el conjunto y, como una armonía más en aquella masa de armonía, atravesaban por doquier la crestería múltiple de los frontones con afiladas flechas, con campanarios calados, con finas agujas cuya línea era también una magnífica exageración del ángulo agudo de los tejados.


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