Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París El terreno de la Universidad era montuoso. La montaña de Santa Genoveva formaba al sudeste una ampolla enorme, y era algo digno de verse desde lo alto de Notre-Dame aquella multitud de calles estrechas y tortuosas (actualmente «el país latino»), aquellos racimos de casas que, esparcidas en todas direcciones desde la cima de esa elevación, se precipitaban en desorden y casi a pico por sus laderas hasta el borde del agua, de manera que daban la impresión, unas de caer, otras de trepar, y todas de sostenerse unas a otras. Un flujo continuo de miles de puntos negros que se entrecruzaban en el suelo hacía que se nublara la vista; era el pueblo, visto desde arriba y desde lejos.