Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Finalmente, en los intervalos de aquellos tejados, de aquellas flechas, de aquellos innumerables accidentes de edificios que doblaban, torcían y recortaban de una manera tan curiosa la línea extrema de la Universidad, se entreveía de cuando en cuando un gran lienzo de muralla enmohecido, una maciza torre redonda, una puerta de ciudad almenada, como símbolo de la fortaleza; era el cerco de Felipe Augusto. Al otro lado verdeaban los prados y desaparecían las carreteras, a lo largo de las cuales se alzaban algunas casas más de arrabal, tanto más escasas cuanto más se alejaban. Algunos de esos arrabales eran importantes. Desde la Tournelle, primero estaba el burgo de Saint-Victor, con su puente de un ojo sobre el Bièvre, su abadía, donde se podía leer el epitafio de Luis el Gordo,epitaphium Ludovici Grossi, y su iglesia de flecha octogonal, flanqueada por cuatro pináculos del sigloXI (puede verse una semejante en Étampes que aún no ha sido derribada); seguía el burgo de Saint-Marceau, que tenía ya tres iglesias y un convento; luego, dejando a la izquierda el molino de los Gobelinos y sus cuatro muros blancos, estaba el suburbio de Saint-Jacques con la bella cruz esculpida en su encrucijada, la iglesia de Saint-Jacques du Haut-Pas, que entonces era gótica, puntiaguda y encantadora, Saint-Magloire, bella nave del siglo XIV que Napoleón transformó en un pajar, y Notre-Dame des Champs, donde había mosaicos bizantinos. Por último, después de haber dejado en pleno campo el monasterio de los Cartujos, rico edificio contemporáneo del Palacio de Justicia, con sus jardincillos compartimentados y las ruinas mal frecuentadas de Vauvert, la mirada encontraba, en el lado occidental, las tres agujas románicas de Saint-Germain-des-Prés. El burgo de Saint-Germain, ya un municipio grande, se extendía quince o veinte calles detrás. El campanario puntiagudo de Saint-Sulpice marcaba uno de los límites del burgo. Justo al lado se distinguía el recinto cuadrado de la feria de Saint-Germain, donde está hoy el mercado, y luego la picota del abad, bonita torrecilla redonda coronada por un cono de plomo. La tejería estaba más lejos, y la calle Four, que conducía al horno de poya, y el molino sobre su collado, y la leprosería, una casita aislada y mal vista. Mas lo que atraía sobre todo la mirada, y la mantenía clavada largo rato en ese punto, era la propia abadía. Es indudable que ese monasterio, que tenía un aspecto magnífico como iglesia y como señorío, ese palacio abacial donde los obispos de París se consideraban dichosos de pasar una noche, ese refectorio al que el arquitecto había dotado del aire, la belleza y el espléndido rosetón de una catedral, esa elegante capilla de la Virgen, ese dormitorio monumental, esos vastos jardines, ese rastrillo, ese puente levadizo, ese envoltorio de almenas que ofrecía recortada a los ojos la vegetación de los prados de alrededor, esos patios donde relucían guerreros mezclados con capas de oro, todo ello agrupado en torno a las tres altas flechas de arco de medio punto, bien asentadas sobre un ábside gótico, formaban una magnífica figura en el horizonte.