Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Cuando por fin, después de haber contemplado largo rato la Universidad, te volvías hacia la orilla derecha, hacia la Villa, el espectáculo cambiaba de repente para adquirir otro carácter. La Villa, en efecto, mucho más grande que la Universidad, estaba también mucho menos unificada. Desde el primer golpe de vista, la veías dividirse en varias masas singularmente distintas. En el lado de levante, en esa parte de la Villa que todavía hoy recibe su nombre de la marisma[46] en la que Camulógeno empantanó a César, había un amontonamiento de palacios. La manzana llegaba hasta el borde del agua. Cuatro hoteles casi pegados, Jouy, Sens, Barbeau y la residencia de la Reina, miraban en el Sena sus tejados de pizarra decorados con esbeltas torrecillas. Esos cuatro edificios llenaban el espacio que iba de la calle Nonaindières a la abadía de los Celestinos, cuya aguja realzaba graciosamente su línea de frontones y de almenas. Algunas casuchas verduscas, inclinadas sobre el agua delante de esos suntuosos hoteles, no impedían ver los bellos ángulos de sus fachadas, sus amplias ventanas cuadradas enmarcadas en piedra, sus pórticos ojivales sobrecargados de estatuas, las vivas aristas de sus paredes siempre limpiamente cortadas y todos esos encantadores azares de la arquitectura que hacen que el arte gótico parezca renovar sus combinaciones en cada monumento. Detrás de aquellos palacios se extendía en todas direcciones, en algunas partes dividido, vallado y almenado como una ciudadela, en otras oculto por grandes árboles como una cartuja, el recinto inmenso y multiforme de ese milagroso hotel de Saint-Pol donde el rey de Francia podía alojar soberbiamente a veintidós príncipes de la categoría del delfín o del duque de Borgoña, con sus sirvientes y sus séquitos, sin contar a los grandes señores, ni al emperador cuando venía a ver París, ni a los leones, que tenían su residencia aparte en la residencia real. Precisemos que el aposento de un príncipe no se componía entonces de menos de once estancias, desde la sala de recepción hasta el oratorio, sin hablar de las galerías, los baños, los baños turcos y otros «lugares superfluos» de los que todo aposento estaba provisto; sin hablar de los jardines particulares de cada invitado del rey; sin hablar tampoco de las bodegas, las cocinas, las antecocinas, los refectorios generales de la casa, las veintidós dependencias generales, incluidas aquellas donde se llevaba a cabo la distribución del vino; ni de los juegos de mil clases, como el mallo, la pelota y las anillas; ni de las pajareras, las peceras, las casas de fieras, las caballerizas, los establos, las bibliotecas, los arsenales y las fundiciones. Esto era entonces un palacio de rey, un Louvre, un Saint-Pol. Una ciudad dentro de la ciudad.