Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Ahora, si la enumeración de tantos edificios, por sucinta que hayamos querido hacerla, no ha pulverizado, a medida que la construíamos en la mente del lector, la imagen general del viejo París, la resumiremos en unas palabras. En el centro, la isla de la Cité, semejante por su forma a una enorme tortuga que sacara sus puentes escamados de tejas, como patas, de su gris caparazón de tejados. A la izquierda, el trapecio monolítico, firme, denso, compacto y erizado de la Universidad. A la derecha, el vasto semicírculo de la Villa, con muchos más jardines y monumentos. Los tres bloques, Cité, Universidad y Villa, veteados de innumerables calles. Atravesando el conjunto, el Sena, el «nutricio Sena», como dice el padre Du Breul, obstruido por islas, puentes y barcos. Alrededor una llanura inmensa como remendada por mil cultivos diferentes y sembrada de bonitos pueblos; a la izquierda, Issy, Vanvres, Vaugirard, Montrouge, Gentilly con su torre redonda y su torre cuadrada, etcétera; a la derecha, veinte más, desde Conflans hasta la Ville-l’Évêque. En el horizonte, un filete de colinas dispuestas en círculo como los bordes de un estanque. Por último, a lo lejos, al este, Vincennes y sus siete torres cuadrangulares; al sur, Bicêtre y sus torrecillas puntiagudas; al norte, Saint-Denis y su aguja; al oeste, Saint-Cloud y su torreón. Este era el París que veían desde lo alto de las torres de Notre-Dame los cuervos que vivían en 1482.


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