Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Y si quiere recibir de la vieja ciudad una impresión que la moderna ya no puede darle, suba una mañana de gran fiesta, el domingo de Pascua o de Pentecostés al amanecer, a un punto elevado desde donde domine la capital entera y asista al despertar de los carillones. Vea, a una señal procedente del cielo, pues es el sol quien la da, cómo esas mil iglesias se estremecen a la vez. Al principio son tintineos dispersos que van de una iglesia a otra, como cuando unos músicos se avisan unos a otros para empezar a tocar. Luego, de pronto, vea, pues parece que en determinados instantes el oído tiene vista también, vea elevarse en el mismo momento de cada campanario como una columna de ruido, como un humo de armonía. Primero la vibración de cada campana sube recta, pura y, por así decirlo, aislada de las demás por el cielo espléndido de la mañana. Luego, poco a poco, aumentando, se funden, se mezclan, desaparecen unas en otras, se amalgaman en un magnífico concierto. Ya no es más que una masa de vibraciones sonoras que se desprende sin cesar de los innumerables campanarios, que flota, ondea, salta, se arremolina sobre la ciudad y prolonga mucho más allá del horizonte el círculo ensordecedor de sus oscilaciones. Sin embargo, ese mar de armonía no es un caos. Por grande y profundo que sea, no ha perdido su transparencia; usted ve serpentear en él, de forma independiente, cada grupo de notas que escapa de los campaneos; puede seguir el diálogo, alternativamente grave y chillón, de la carraca y la campana; ve saltar las octavas de un campanario a otro; las mira lanzarse aladas, ligeras y silbantes desde la campana de plata, caer rotas y cojas de la campana de madera; admira entre ellas la rica gama que baja y sube sin cesar las siete campanas de Saint-Eustache; ve correr, en sentido transversal, notas claras y rápidas que hacen tres o cuatro zigzags luminosos y se desvanecen como relámpagos. Allí, al fondo, es la abadía de Saint-Martin, cantora agria y cascada; aquí, la voz siniestra y áspera de la Bastilla; en la otra punta, la voluminosa torre del Louvre, con su voz de bajo. El real carillón del palacio lanza sin descanso en todas direcciones trinos deslumbrantes, sobre los que caen cadenciosamente las pesadas campanadas de Notre-Dame, que los hacen chispear como el yunque bajo el martillo. Cada cierto tiempo, ve pasar sonidos de diferentes formas que vienen del triple campaneo de Saint-Germain-des-Prés. Además, de vez en cuando esa masa de ruidos sublimes se entreabre y deja paso al stretto del Ave María, que estalla y chisporrotea como un penacho de estrellas. Por debajo, en lo más profundo del concierto, distingue confusamente el canto interior de las iglesias, que transpira a través de los poros vibrantes de sus bóvedas. Sí, sin duda es una ópera que merece la pena ser escuchada. Normalmente, el rumor que escapa de París durante el día es la ciudad hablando; por la noche, es la ciudad respirando; en este caso, es la ciudad cantando. Preste atención, pues, a este tutti de campanarios; esparza sobre el conjunto el murmullo de medio millón de hombres, el lamento eterno del río, los soplos infinitos del viento, el cuarteto grave y lejano de los cuatro bosques dispuestos sobre las colinas del horizonte cual inmensas cajas de órgano; amortigüe, como en un medio tono, todo lo excesivamente ronco y excesivamente agudo que tenga el carillón central, y diga si sabe de la existencia en el mundo de algo más rico, más alegre, más dorado, más deslumbrante que este tumulto de campanas y de tintineos, que esta hoguera de música, que estas diez mil voces de bronce cantando a la vez en flautas de piedra de trescientos pies de altura, que esta ciudad que no es sino una orquesta, que esta sinfonía que suena como una tormenta.