Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Todos estos monumentos son, sin ninguna duda, soberbios. Añadamos a ellos muchas calles bonitas, divertidas y variadas como la calle Rivoli, y no pierdo la esperanza de que París, visto desde un globo, presente un día esa riqueza de líneas, esa opulencia de detalles, esa diversidad de aspectos, ese no sé qué de grandioso en lo sencillo y de inesperado en lo bello que caracteriza a un damero.
Sin embargo, por admirable que le parezca el París actual, rehaga el París del siglo XV, reconstrúyalo en su pensamiento; mire la luz a través de esa sorprendente hilera de agujas, de torres y de campanarios; extienda en medio de la inmensa ciudad, rasgue en la punta de las islas, frunza en los arcos de los puentes el Sena con sus anchos charcos verdes y amarillos, más cambiante que la piel de una serpiente; recorte claramente sobre un horizonte azul el perfil gótico de ese viejo París; haga flotar su contorno en una bruma de invierno que se agarra a sus numerosas chimeneas; sumérjalo en una noche profunda y mire el extraño juego de las tinieblas y las luces en ese oscuro laberinto de edificios; arroje sobre él un rayo de luna que lo dibuje vagamente y haga salir de entre la niebla las grandes cabezas de las torres; o retome esa negra silueta, ensombrezca los mil ángulos agudos de las flechas y de los frontones, y hágala destacar, más dentada que la mandíbula de un tiburón, sobre el cielo de cobre del crepúsculo. Y después, compare.