Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Superada la teología, se había precipitado hacia el decreto. Del Maestro de las Sentencias había pasado a las Capitulares de Carlomagno. Y había devorado sucesivamente, en su apetito de saber, decretales tras decretales, las de Teodoro, obispo de Hispalis, las de Bouchard, obispo de Worms, las de Yves, obispo de Chartres; luego el decreto de Graciano, que sucedió a las Capitulares de Carlomagno; más adelante la compilación de Gregorio IX; después la epístola Super specula de Honorio III. Llegó a entender y a dominar ese vasto y tumultuoso período del derecho civil y del derecho canónico en lucha y en crisis en el caos de la Edad Media, período que el obispo Teodoro abre en 618 y que cierra en 1227 el papa Gregorio.
Digerido el decreto, se sumergió en la medicina y en las artes liberales. Estudió la ciencia de las hierbas y la ciencia de los ungüentos. Se hizo experto en fiebres y en contusiones, en heridas y en abscesos. Jacques d’Espars lo habría aceptado como médico físico; Richard Hellain, como médico cirujano. Recorrió asimismo todos los grados de licenciatura, magisterio y doctorado en artes. Estudió lenguas: latín, griego y hebreo, triple santuario entonces muy poco frecuentado. Era una auténtica fiebre por adquirir y atesorar en materia de ciencia. A los dieciocho años había pasado por las cuatro facultades. Le parecía al joven que la vida tenía un único objetivo: saber.