Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Fue más o menos por esa época cuando el calor excesivo del verano de 1466 provocó aquella gran peste que se llevó a más de cuarenta mil criaturas en el vizcondado de París, entre otros, dice Jean de Troyes, a «maese Arnoul, astrólogo del rey, que era hombre de bien, prudente y agradable». Se corrió el rumor por la Universidad de que la calle Tirechappe estaba siendo particularmente azotada por la enfermedad. Allí es donde residían, en su feudo, los padres de Claude. El joven estudiante, muy alarmado, se apresuró a ir a la casa paterna. Cuando llegó, se encontró con que su padre y su madre habían muerto el día anterior. Un hermanito que tenía, todavía de pañales, vivía aún y lloraba abandonado en su cuna. Era todo lo que le quedaba a Claude de su familia. El joven cogió al niño en brazos y salió, pensativo. Hasta ese momento había vivido exclusivamente en la ciencia; empezó entonces a vivir en la vida.
Esta catástrofe supuso una crisis en la existencia de Claude. Huérfano, primogénito, cabeza de familia a los diecinueve años, se sintió rudamente trasladado de los sueños de estudiante a la realidad del mundo. Entonces, lleno de piedad, se consagró apasionadamente a aquel niño, su hermano; cosa extraña y dulce era un afecto humano para él, que solo había amado los libros.