Nuestra Señora de París

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Aquel afecto se desarrolló hasta un punto singular. En un alma tan nueva, fue como un primer amor. Separado desde la infancia de sus padres, a los que apenas había conocido, enclaustrado y como emparedado tras sus libros, ávido ante todo de estudiar y de aprender, exclusivamente atento hasta entonces a su inteligencia, que se dilataba con la ciencia, a su imaginación, que crecía con las letras, el pobre estudiante aún no había tenido tiempo de sentir el lugar de su corazón. Ese hermanito sin padre ni madre, ese niño que le caía repentinamente del cielo en los brazos hizo de él un hombre nuevo. Se dio cuenta de que había en el mundo algo más que las especulaciones de la Sorbona y los versos de Homero, de que el hombre necesitaba afectos, de que la vida sin ternura y sin amor no era más que un engranaje seco, chirriante y desgarrador. Pero supuso, pues estaba en la edad en que las ilusiones no son reemplazadas aún sino por otras ilusiones, que los afectos de sangre y de familia eran los únicos necesarios y que un hermanito al que amar bastaba para llenar toda una existencia.






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