Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Se zambulló, pues, en el amor de su pequeño Jehan con la pasión de un carácter ya profundo, ardiente, concentrado. Aquella pobre e indefensa criatura, hermosa, sonrosada, de cabellos rubios y rizados, aquel huérfano sin más apoyo que otro huérfano lo conmovió hasta el fondo de las entrañas; y, serio pensador como era, se puso a reflexionar sobre Jehan con una misericordia infinita. Se ocupó de él como de algo muy frágil y muy delicado. Fue para el niño más que un hermano, se convirtió en una madre para él.
El pequeño Jehan había perdido a su madre cuando esta aún le daba el pecho. Claude le buscó una nodriza. Además del feudo de Tirechappe, había heredado también de su padre el feudo del Moulin, que dependía de la torre cuadrada de Gentilly. Era un molino sobre una colina, cerca del castillo de Winchestre (Bicêtre). La molinera estaba criando a un hermoso niño, y el lugar no estaba lejos de la Universidad. Claude le llevó él mismo a su pequeño Jehan.