Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París A partir de entonces, sintiendo el peso de una carga, se tomó la vida muy en serio. Pensar en su hermanito se convirtió no solo en una distracción sino en el objetivo de sus estudios. Decidió consagrarse por entero a un porvenir del que respondía ante Dios, así como no tener jamás otra esposa ni otro hijo que la felicidad y la fortuna de su hermano. Se aferró, pues, más que nunca a su vocación clerical. Sus méritos y su ciencia, así como su calidad de vasallo inmediato del obispo de París, le abrían de par en par las puertas de la Iglesia. A los veinte años, por dispensa especial de la Santa Sede, era sacerdote y oficiaba, como el más joven de los capellanes de Notre-Dame, en el altar llamado, por la misa tardía que se dice en él, altare pigrorum.[51]
Allí, sumergido más que nunca en sus queridos libros, de los que solo se separaba para ir una hora al feudo del Moulin, aquella mezcla de saber y de austeridad, tan rara a su edad, no había tardado en granjearle el respeto y la admiración del claustro. Del claustro, su reputación de sabio había pasado al pueblo, donde se había transformado un poco, cosa frecuente entonces, en fama de brujo.
Fue en el momento en que volvía, el domingo de Quasimodo, de decir la misa de los perezosos en su altar, situado junto a la puerta del coro que daba a la nave, a la derecha, cerca de la imagen de la Virgen, cuando el grupo de viejas que murmuraban alrededor de la cama de los niños expósitos había atraído su atención.