Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Fue entonces cuando se habÃa acercado a la desgraciada criaturita tan odiada y amenazada. Aquel desamparo, aquella deformidad, aquel abandono, pensar en su hermano, imaginar de repente que, si él morÃa, su querido Jehan podrÃa también ser abandonado miserablemente en la tabla de los niños expósitos, todo eso se habÃa agolpado en su corazón, una gran compasión lo habÃa invadido, y se habÃa llevado al niño.
Cuando sacó a aquel niño del saco, lo encontró realmente muy deforme. El pobre diablillo tenÃa una verruga en el ojo izquierdo, la cabeza hundida entre los hombros, la columna vertebral arqueada, el esternón prominente y las piernas torcidas; pero parecÃa tener una gran vitalidad y, aunque fue imposible saber en qué lengua balbucÃa, sus gritos anunciaban fuerza y salud. Aquella fealdad acrecentó la compasión de Claude, quien se prometió criar a ese niño por amor a su hermano, a fin de que, cualesquiera que fuesen en el futuro las faltas del pequeño Jehan, este tuviera en su favor aquella obra de caridad hecha pensando en él. Era una suerte de inversión en buenas obras que efectuaba para beneficio de su hermano; era un paquete de buenas acciones que deseaba regalarle por anticipado por si el bribonzuelo se encontraba un dÃa escaso de esa moneda, la única admitida en el peaje del paraÃso.