Nuestra Señora de París

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En cambio, era asiduo de las grandes y las pequeñas escuelas de la calle Saint-Jean-de-Beauvais. El primer estudiante que el abad de Saint-Pierre de Val, en el momento de empezar su lectura de derecho canónico, veía siempre frente a su cátedra, apoyado en un pilar de la escuela Saint-Vendregesile, era Claude Frollo, armado con su escribanía de hueso, mordisqueando su pluma, escribiendo sobre sus rodillas gastadas y, en invierno, echándose vaho en los dedos. El primer oyente que micer Miles d’Isliers, doctor en decreto, veía llegar jadeante todos los lunes por la mañana cuando abrían las puertas de la escuela del Chef-Saint-Denis era Claude Frollo. Así pues, a los dieciséis años el joven clérigo habría podido competir en teología mística con un padre de la Iglesia; en teología canónica, con un padre de los concilios; y en teología escolástica, con un doctor de la Sorbona.









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