Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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—¡Dios os guarde! ¿Sacasteis muchos seis dobles anoche?

—¡Mirad qué cara! ¡Además de vieja, plomiza, ojerosa y castigada por el amor al juego y a los dados!

—¿Adónde vais, Thibaut, Tybalde ad dados,[8] dando la espalda a la Universidad y trotando hacia la Villa?

—Seguro que va a buscar casa a la calle Thibautodé[9] —dijo Jehan del Molino.

Toda la pandilla repitió la rechifla con voz atronadora y aplaudiendo frenéticamente.

—Vais a buscar casa a la calle Thibautodé, ¿verdad, señor rector, jugador endemoniado?

Después les tocó el turno a los otros dignatarios.

—¡Abajo los bedeles! ¡Abajo los maceros!

—¡Eh, Robin Poussepain!, ¿quién es aquel de allí?

—Es Gilbert de Suilly, Gilbertus de Soliaco, el canciller del colegio de Autun.

—Ah, pues toma mi zapato y tíraselo a la cara. Tú estás mejor situado que yo.

—Saturnalitias mittimus ecce nuces.[10]

—¡Abajo los seis teólogos con sus sobrepellices blancas!

—¿Esos son los teólogos? Creí que eran las seis ocas blancas que Santa Genoveva donó a la ciudad por el feudo de Roogny.


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