Nuestra Señora de París

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—Esto es el fin del mundo —murmuró maese Andry tapándose los oídos.

—¡Hablando del rector! ¡Ahí está, pasando por la plaza! —gritó uno de los de la ventana.

Todo el mundo se volvió hacia la plaza.

—¿Es de verdad nuestro venerable rector maese Thibaut? —preguntó Jehan Frollo del Molino, el cual, al haberse agarrado a un pilar del interior, no podía ver lo que pasaba fuera.

—Sí, sí —respondieron todos los demás—, es él, con toda seguridad es él, maese Thibaut, el rector.

Era, efectivamente, el rector con todos los dignatarios de la Universidad, que iban en procesión al encuentro de la embajada y en ese momento cruzaban la plaza del palacio. Los estudiantes, apiñados en la ventana, los saludaron al pasar con sarcasmos y aplausos irónicos. El rector, que encabezaba la comitiva, recibió la primera andanada. Fue violenta.

—¡Buenos días, señor rector! ¡Hola, hola! ¡Buenos días, hombre!

—¿Cómo es que está aquí ese viejo jugador? ¿Ha dejado acaso los dados?

—¡Cómo trota en su mula! El animal no tiene las orejas tan largas como él.

—¡Hola, hola! ¡Buenos días, señor rector Thibaut! Tybalde aleator.[7] ¡Viejo imbécil! ¡Viejo jugador!


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