Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Y al cerrarse, interceptó el único rayo de alegría y de luz que penetraba todavía en el alma de Quasimodo, la cual se sumió en una noche profunda. La melancolía del miserable se volvió incurable y total, como su deformidad. Añadamos que la sordera hizo que, en cierto modo, se quedara mudo. Pues, para no convertirse en objeto de burla, desde el momento en que se quedó sordo, tomó la decisión irrevocable de encerrarse en un silencio que apenas rompía cuando se encontraba solo. Ató voluntariamente aquella lengua que Claude Frollo había tenido tantas dificultades para desatar. Esto hacía que, cuando la necesidad lo obligaba a hablar, su lengua estuviera entumecida, torpe, como una puerta con los goznes oxidados.
Si intentáramos ahora penetrar en el alma de Quasimodo a través de esa gruesa y dura corteza, si pudiéramos sondear las profundidades de esa organización mal hecha, si nos fuese dado mirar con una antorcha detrás de esos órganos sin transparencia, explorar el interior tenebroso de esa criatura opaca, iluminar sus oscuros recovecos, sus callejones sin sentido, y arrojar de repente una viva luz sobre la psique encadenada al fondo de ese antro, sin duda encontraríamos a la desdichada en una posición lastimosa, encogida y raquítica como aquellos presos de los Plomos de Venecia,[53] que envejecían doblados por la cintura en una mazmorra de piedra demasiado baja y corta.