Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Es indudable que el espíritu se atrofia en un cuerpo deforme. Quasimodo apenas sentía moverse ciegamente dentro de él un alma hecha a su imagen y semejanza. Las impresiones de los objetos sufrían una refracción considerable antes de llegar a su pensamiento. Su cerebro era un medio particular; las ideas que lo atravesaban salían de él completamente retorcidas. La reflexión procedente de esta refracción necesariamente era divergente y estaba desviada.
De ello se derivaban mil ilusiones ópticas, mil aberraciones del juicio, mil desviaciones por las que divagaba su pensamiento, unas veces delirante y otras idiota.
El primer efecto de esa fatal organización era el de enturbiar la mirada que dirigía a las cosas. No recibía prácticamente ninguna percepción inmediata. El mundo exterior le parecía mucho más lejano que a nosotros.
El segundo efecto de su desgracia era que lo volvía malo.
Era malo, en efecto, porque era salvaje, y era salvaje porque era feo. Había en su naturaleza, como en la nuestra, una lógica.
Su fuerza, tan extraordinariamente desarrollada, era una causa más de maldad. Malus puer robustus,[54] dice Hobbes.