Nuestra Señora de París

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Por lo demás, para hacerle justicia, es preciso decir que quizá la maldad no era innata en él. Desde sus primeros pasos entre los hombres, se había sentido y más adelante se había visto abucheado, condenado, rechazado. La palabra humana dirigida a él era siempre una burla o una maldición. Al crecer, solo había encontrado odio a su alrededor. Y lo había cogido. Había hecho suya la maldad general. Había recogido el arma con la que lo habían herido.

Después de todo, no volvía sino de mala gana la cara hacia los hombres. Su catedral le bastaba. Estaba poblada de figuras de mármol, reyes, santos y obispos que al menos no se reían de él en sus narices y solo tenían para él una mirada tranquila y benévola. A las demás estatuas, las de los monstruos y los demonios, él, Quasimodo, no les inspiraba odio. Se les parecía demasiado para eso. Más bien se burlaban de los otros hombres. Los santos eran sus amigos y lo bendecían, los monstruos eran sus amigos y lo protegían. Por eso se desahogaba largamente con ellos. Por eso a veces se pasaba horas enteras en cuclillas ante una de esas estatuas, charlando a solas con ella. Si aparecía alguien, salía huyendo como un amante sorprendido mientras ofrece una serenata.



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