Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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Y la catedral no era para él solo la sociedad, sino incluso el universo, incluso la naturaleza entera. No soñaba con otras espalderas que las vidrieras siempre en flor, con otra sombra que la de ese follaje de piedra que se extiende cargado de pájaros en la frondosidad de los capiteles sajones, con otras montañas que las torres colosales de la iglesia, con otro océano que París, que bullía a sus pies.

Lo que amaba del edificio materno por encima de todo, lo que despertaba su alma y le hacía abrir sus pobres alas, que esta mantenía tan miserablemente replegadas dentro de su caverna, lo que a veces le hacía feliz eran las campanas. Las amaba, las acariciaba, les hablaba, las comprendía. Desde el carillón de la aguja del crucero hasta la gran campana del pórtico, a todas las quería con ternura. El campanario del crucero y las dos torres eran para él como tres grandes jaulas cuyos pájaros, criados por él, solo cantaban para él. Eran, sin embargo, esas mismas campanas las que lo habían dejado sordo, pero con frecuencia las madres quieren más al hijo que más les ha hecho sufrir.





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