Nuestra Señora de París

Nuestra Señora de París

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No podemos hacernos una idea de su alegría los días de grandes celebraciones. En el momento en que el arcediano le decía «¡Anda, ve!», él subía la escalera de caracol del campanario más deprisa de lo que cualquier otro la habría bajado. Entraba jadeante en el aireado cuarto de la gran campana, la miraba un momento con recogimiento y amor, y a continuación le dirigía la palabra con dulzura, la acariciaba con la mano como si fuese un buen caballo que va a emprender una larga carrera. La compadecía por el trabajo que iba a tener. Después de estas primeras caricias, indicaba a sus ayudantes, situados en el piso inferior de la torre, que comenzaran. Estos se colgaban de las maromas, el cabrestante rechinaba y el enorme vaso de metal empezaba a moverse lentamente. Quasimodo, palpitante, la seguía con la mirada. El primer golpe del badajo contra la pared de bronce hacía temblar la estructura sobre la que estaba subido. Quasimodo vibraba con la campana. «¡Vamos!», gritaba riendo a carcajadas. El movimiento de la campana aumentaba de velocidad y, a medida que esta trazaba un ángulo más abierto, el ojo de Quasimodo se abría también cada vez más fosfórico y llameante. Finalmente el tañido llegaba a su apogeo y toda la torre temblaba, estructura de madera, elementos de plomo, sillares, todo rugía a la vez, desde los pilotes de los cimientos hasta los tréboles del remate. Quasimodo alcanzaba entonces el punto de ebullición, iba y venía, temblaba con la torre de la cabeza a los pies. La campana, desenfrenada y furiosa, presentaba alternativamente a las dos paredes de la torre su boca de bronce, de la que escapaba ese soplo de tormenta que se oye a cuatro leguas de distancia. Quasimodo se colocaba ante aquella boca abierta, se agachaba y se levantaba al ritmo de la campana, aspiraba aquel formidable aliento, miraba alternativamente la plaza que hormigueaba al fondo, doscientos pies por debajo de él, y la enorme lengua de cobre que iba, segundo sí, segundo no, a gritarle al oído. Era la única palabra que oía, el único sonido que turbaba para él el silencio universal. Se deleitaba como un pájaro al sol. De repente el frenesí de la campana se adueñaba de él y su mirada se transformaba. Esperaba que pasase la campana como la araña espera a la mosca y se abalanzaba bruscamente sobre ella con ímpetu. Entonces, suspendido sobre el abismo, abandonado al balanceo formidable de la campana, agarraba al monstruo de bronce por las asas, lo estrechaba entre las rodillas, lo espoleaba con los talones y redoblaba, con toda la fuerza y todo el peso de su cuerpo, la furia del volteo. Mientras tanto, la torre se tambaleaba; él chillaba y hacía rechinar los dientes, sus cabellos rojizos se erizaban, su pecho hacía el ruido de un fuelle de fragua, su ojo llameaba, la campana monstruosa relinchaba jadeante bajo él, y entonces ya no era ni la campana de Notre-Dame ni Quasimodo, era un sueño, un torbellino, una tempestad; el vértigo cabalgando sobre el ruido; un espíritu agarrado a una grupa voladora; un extraño centauro mitad hombre y mitad campana; una especie de Astolfo horrible a lomos de un prodigioso hipogrifo de bronce vivo.


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