Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs La presencia de este ser extraordinario hacÃa circular por toda la catedral como un soplo de vida. ParecÃa que se desprendiera de él, al menos según las supersticiones crecientes de la gente, una emanación misteriosa que animaba todas las piedras de Notre-Dame y hacÃa palpitar las profundas entrañas de la vieja iglesia. Bastaba que supieran que estaba allà para que creyeran ver cobrar vida y moverse los cientos de estatuas de las galerÃas y de los pórticos. Y realmente, la catedral parecÃa una criatura dócil y obediente bajo sus manos; esperaba su voluntad para elevar su potente voz; estaba poseÃda y habitada por Quasimodo como por un genio familiar. Se hubiera dicho que él hacÃa respirar el inmenso edificio. Estaba, efectivamente, por todas partes, se multiplicaba en todos los puntos del monumento. Tan pronto veÃa uno con espanto, en lo más alto de una de las torres, a un extraño enano que trepaba, serpenteaba, se arrastraba a cuatro patas, bajaba por el exterior sobre el abismo, saltaba de saliente en saliente e iba a rebuscar en el vientre de alguna gorgona esculpida: era Quasimodo echando a los cuervos de sus nidos. Tan pronto se topaba en un rincón oscuro de la iglesia a una especie de quimera viva, acuclillada y ceñuda: era Quasimodo meditando. Tan pronto divisaba bajo un campanario una cabeza enorme y un puñado de miembros desordenados balanceándose con furor en el extremo de una cuerda: era Quasimodo tocando a la hora de vÃsperas o del ángelus. Por la noche, con frecuencia se veÃa vagar una forma repulsiva sobre la frágil balaustrada de cresterÃa que corona las torres y bordea el perÃmetro del ábside: era también el jorobado de Notre-Dame. Entonces, decÃan las vecinas, toda la iglesia adoptaba un aspecto fantástico, sobrenatural, horrible; ojos y bocas se abrÃan acá y allá; se oÃa ladrar a los perros, silbar a las sierpes, a las tarascas de piedra que vigilan dÃa y noche, con el cuello estirado y la boca abierta, alrededor de la monstruosa catedral; y si era una Nochebuena, mientras la campana mayor, que parecÃa agonizar, llamaba a los fieles a la misa del gallo, habÃa tal atmósfera envolviendo la sombrÃa fachada que se hubiera dicho que el gran pórtico devoraba a la multitud y que el rosetón la miraba. Y todo eso era obra de Quasimodo. Egipto lo habrÃa tomado por el dios de aquel templo; la Edad Media le creÃa su demonio; en realidad, era su alma.