Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Don Claude Frollo, por lo demás, no había abandonado ni la ciencia ni la educación de su hermano pequeño, las dos ocupaciones de su vida. Pero, con el tiempo, cierta amargura había teñido esas agradables tareas. A la larga, dice Pablo el Diácono, el mejor tocino se vuelve rancio. El pequeño Jehan Frollo, llamado «del Molino» por el lugar donde había sido criado, no había crecido en la dirección que Claude había querido imprimirle. El hermano mayor contaba con tener un alumno piadoso, dócil, docto, honorable. Sin embargo, el hermano pequeño, como esos arbolitos que burlan los esfuerzos del jardinero y se vuelven obstinadamente hacia el lado de donde les viene el aire y el sol, tan solo crecía y multiplicaba, tan solo dejaba brotar hermosas ramas tupidas y frondosas por el lado de la pereza, de la ignorancia y del desenfreno. Era un verdadero demonio, muy disoluto, lo que hacía fruncir el entrecejo a don Claude, pero también muy gracioso y sutil, lo que hacía sonreír al hermano mayor. Claude había confiado su educación al colegio de Torchi, el mismo donde él había pasado sus primeros años sumergido en el estudio y el recogimiento; y le resultaba doloroso que ese santuario para el que años atrás el nombre de Frollo había sido edificante, hoy se sintiera escandalizado por él. A veces le echaba a Jehan larguísimos y muy severos sermones que este soportaba valientemente. Después de todo, el golfillo tenía buen corazón, como se ve en todas las comedias. Pero, una vez pasado el sermón, reanudaba tranquilamente el curso de sus trastadas y sinvergonzonerías. Cuando no había maltratado a un bisoño (llamaban así a los recién llegados a la Universidad) a modo de bienvenida —preciosa tradición que se ha perpetuado cuidadosamente hasta nuestros días—, había incitado a una banda de estudiantes, los cuales, como es habitual, se habían metido en una taberna, quasi classico excitati, y habían acabado apaleando al tabernero con «palos ofensivos» y saqueando alegremente la taberna hasta destrozar las barricas de vino de la bodega. En otras ocasiones, el pasante de Torchi llevaba con gran pesar a don Claude un bonito informe en latín con esta dolorosa anotación en el margen: Rixa; prima causa vinum optimum potatum.[55] Finalmente decían que sus excesos llegaban con frecuencia hasta la calle Glatigny, acusación horrible tratándose de un joven de dieciséis años.