Nuestra Señora de París

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Como Claude Frollo había recorrido desde su juventud casi todo el círculo de los conocimientos humanos positivos, exteriores y lícitos, se vio obligado, a no ser que se detuviera ubi defuit orbis,[56] a ir más lejos y a buscar otros alimentos para la actividad insaciable de su inteligencia. El antiguo símbolo de la serpiente mordiéndose la cola es particularmente adecuado para la ciencia. Parece ser que Claude Frollo lo había experimentado. Varias personas serias afirmaban que, después de haber agotado el fasdel saber humano, había tenido la osadía de penetrar en el nefas.[57] Había probado sucesivamente, decían, todas las manzanas del árbol de la ciencia y, bien por hambre o bien por hastío, había acabado mordiendo el fruto prohibido. Había asistido, como nuestros lectores han visto, a las conferencias de los teólogos en la Sorbona, a las asambleas de los estudiantes de la Facultad de Artes junto a la imagen de san Hilario, a las disputas de los decretistas junto a la imagen de san Martín, a las congregaciones de los médicos junto a la pila de agua bendita de Notre-Dame, ad cupam Nostrae-Dominae. Todos los manjares permitidos y aprobados que aquellas cuatro grandes cocinas llamadas las cuatro facultades podían elaborar y servir a una inteligencia, él los había devorado, y la saciedad lo había invadido antes de que su hambre se hubiera aplacado; así que había avanzado y profundizado en toda aquella ciencia finita, material, limitada, había puesto quizá en peligro su alma, y se había sentado en la caverna a la mesa misteriosa de los alquimistas, de los astrólogos, de los herméticos, cuya presidencia ocupan Averroes, Guillermo de París y Nicolas Flamel en la Edad Media, y que se prolonga en Oriente, a la luz del candelabro de siete brazos, hasta Salomón, Pitágoras y Zoroastro.


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