Nuestra Señora de París

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Eso es al menos lo que la gente, con razón o sin ella, suponía.

Es indudable que el arcediano visitaba con frecuencia el cementerio de los Santos Inocentes, donde su padre y su madre habían sido enterrados, cierto es, con las otras víctimas de la peste de 1466, pero también que parecía mucho menos devoto de la cruz de su fosa que de las extrañas figuras que recargaban la tumba de Nicolas Flamel y de Claude Pernelle, construida justo al lado.

Es indudable que a menudo se le había visto recorrer la calle Lombards y entrar furtivamente en una casita situada en la esquina de la calle Écrivains con Marivault. Era la casa que Nicolas Flamel había mandado construir, en la que había muerto hacia 1417 y que, deshabitada desde entonces, empezaba ya a venirse abajo de tanto como los herméticos y los sopladores de todos los países habían desgastado sus paredes solo grabando en ellas sus nombres. Algunos vecinos incluso afirmaban haber visto una vez, por un tragaluz, al arcediano Claude excavando y removiendo la tierra en esos dos sótanos, cuyas jambas había emborronado con innumerables versos y jeroglíficos el propio Nicolas Flamel. Se suponía que Flamel había enterrado la piedra filosofal en aquellos sótanos, y durante dos siglos, desde Magistri hasta el padre Pacífico, los alquimistas no pararon de torturar su suelo hasta que la casa, tan cruelmente registrada y revuelta de arriba abajo, acabó por desintegrarse bajo sus pies.


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