Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Es indudable, además, que el arcediano sentía una pasión singular por el pórtico simbólico de Notre-Dame, esa página de libro mágico escrita en piedra por el obispo Guillermo de París, el cual seguramente fue condenado por haber unido tan infernal frontispicio al sagrado poema que canta eternamente el resto del edificio. Decían también que el arcediano Claude había estudiado en profundidad el coloso de san Cristóbal y aquella larga y enigmática estatua que se alzaba entonces a la entrada del pórtico y a la que el pueblo llamaba, mofándose, «el señor Gris». Pero lo que todo el mundo había podido observar eran las interminables horas que invertía a menudo, sentado en el poyo del atrio, en contemplar las esculturas del pórtico, examinando unas veces las vírgenes locas con sus lámparas boca abajo, otras las vírgenes juiciosas con sus lámparas boca arriba, y otras calculando el ángulo de la mirada de ese cuervo que está junto a la puerta de la izquierda y que mira un punto misterioso de la iglesia donde con toda seguridad está escondida la piedra filosofal, si no lo está en el sótano de Nicolas Flamel. Era, dicho sea de paso, un destino singular para la iglesia de Notre-Dame en aquella época ser amada en dos grados diferentes, y con tanta devoción, por dos seres tan dispares como Claude y Quasimodo. En el caso del uno —especie de semihombre instintivo y salvaje— amada por su belleza, por su altura, por la armonía que se desprende del magnífico conjunto. En el caso del otro —mente culta y apasionada— amada por su significado, por su mito, por el sentido que encierra, por el simbolismo disperso bajo las esculturas de su fachada, como el primer texto bajo el segundo en un palimpsesto; en una palabra: por el enigma que propone eternamente a la inteligencia.