Nuestra Señora de París
Nuestra Señora de París Es indudable, por último, que el arcediano se había habilitado en la torre que da a la plaza de Grève, al lado del cuarto de las campanas, una pequeña celda secreta en la que nadie entraba, ni siquiera el obispo, decían, sin su permiso. Esta celda había sido construida tiempo atrás casi en la cúspide de la torre, entre los nidos de cuervos, por el obispo Hugo de Besançon,[58] que en su época había practicado allí maleficios. Lo que había dentro de aquella celda, nadie lo sabía; pero se había visto con frecuencia por la noche, desde el Terrain, a través de una pequeña lucera que tenía en la parte posterior de la torre, aparecer, desaparecer y aparecer de nuevo a intervalos cortos e iguales una claridad roja, intermitente, extraña, que parecía seguir las aspiraciones jadeantes de un fuelle y proceder más de una llama que de una luz. En la oscuridad, a semejante altura, aquello producía un efecto singular, y las comadres murmuraban: «¡Ya está el arcediano soplando! El infierno chisporrotea allá arriba».