Nuestra Señora de París

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No había en todo ello, en definitiva, grandes pruebas de hechicería; pero no dejaba de ser el humo necesario para suponer que hay fuego, por lo que el arcediano tenía una fama bastante terrible. Debemos decir, sin embargo, que las ciencias de Egipto, la nigromancia, la magia, incluso la más blanca e inocente, no tenían enemigo más encarnizado, denunciante más implacable ante los señores del provisorato de Notre-Dame. Fuera sincero horror o farsa de bandido que grita «¡Al ladrón!», ello no impedía que el arcediano fuese considerado por las doctas cabezas del capítulo un alma que se había aventurado a entrar en el vestíbulo del infierno, que andaba perdida por los antros de la cábala, a tientas por las tinieblas de las ciencia ocultas. El pueblo tampoco se dejaba engañar; para cualquiera mínimamente sagaz, Quasimodo era el demonio y Claude Frollo el brujo. Era evidente que el campanero tenía que servir al arcediano durante un tiempo, transcurrido el cual se llevaría su alma a guisa de pago. Así pues, el arcediano, pese a la austeridad extrema de su vida, olía mal a las buenas almas, y no había nariz de devota tan inexperta que no percibiera en él el tufo de la brujería.





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