Nuestra Señora de París

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Al mismo tiempo, extremaba su severidad y jamás había sido más ejemplar. Tanto por su estado como por su carácter, siempre se había mantenido alejado de las mujeres, aunque ahora parecía odiarlas más que nunca. El simple crujido de una cotardía de seda hacía caer su capucha sobre los ojos. Era en este aspecto tan celoso de la austeridad y la reserva que, cuando la señora de Beaujeu, hija del rey, fue en el mes de diciembre de 1481 a visitar el claustro de Notre-Dame, Claude Frollo se opuso en redondo a su entrada recordando al obispo el estatuto del Libro Negro, que databa de la víspera de San Bartolomé de 1334 y que prohibió el acceso al claustro a toda mujer «quienquiera que fuese, vieja o joven, señora o sirvienta». El obispo se había visto obligado a citarle la ordenanza del legado Odo, que exceptúa a algunas grandes damas, aliquae magnates mulieres, quae sine scandalo evitari non possunt.[60] El arcediano había objetado entonces que la ordenanza del legado, que se remontaba a 1207, era ciento veintisiete años anterior al Libro Negro y, por consiguiente, quedaba abrogada por este. Y se había negado a aparecer ante la princesa.





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