Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs —Os lo aseguro, esto es el fin del mundo. Jamás se han visto semejantes excesos entre los estudiantes. La culpa la tienen los malditos inventos del siglo, que dan al traste con todo. Las artillerÃas, las serpentinas, las bombardas y, sobre todo, la impresión, esa otra peste de Alemania. ¡Ni manuscritos ni libros se hacen ya! La impresión mata a la librerÃa. El fin del mundo se acerca.
—Yo me doy cuenta por los progresos de las telas de terciopelo —dijo el comerciante manguitero.
En ese momento dieron las doce.
—¡Ah…! —exclamó la multitud al unÃsono.
Los estudiantes se callaron. Acto seguido se produjo un gran revuelo, un movimiento de miles de pies y de cabezas, una gran detonación general de toses y de pañuelos. Todos se acomodaron, se situaron convenientemente, se auparon, se agruparon. Siguió un profundo silencio; todos los cuellos permanecieron estirados, todas las bocas abiertas, todas las miradas vueltas hacia la mesa de mármol. Nadie apareció. Los cuatro alguaciles del baile continuaban allÃ, tiesos e inmóviles como cuatro estatuas pintadas. Todos los ojos se volvieron hacia el estrado reservado a los enviados flamencos. La puerta permanecÃa cerrada y el estrado vacÃo. Aquella multitud esperaba desde muy temprano tres cosas: las doce, la embajada de Flandes y el misterio. Lo único que habÃa llegado a la hora eran las doce.