Nuestra Señora de París

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Dada la ocasión, aquello pasaba de castaño oscuro.

Esperaron uno, dos, tres, cinco minutos, un cuarto de hora; nadie llegaba. El estrado continuaba desierto; el escenario, mudo. Sin embargo, a la impaciencia había sucedido la cólera. Circulaban palabras irritadas, aunque todavía en voz baja, es cierto. Se oía un murmullo sordo:

—¡El misterio! ¡El misterio!

Las cabezas bullían. Una tempestad, que por el momento solo rugía, flotaba en la superficie de aquella multitud. Fue Jehan del Molino quien produjo el primer chispazo:

—¡El misterio! ¡Y al diablo con los flamencos! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones, enroscándose como una serpiente al capitel.

La gente rompió a aplaudir.

—¡El misterio! —repitieron todos—. ¡Y al diablo con Flandes!

—Queremos el misterio inmediatamente —prosiguió el estudiante—. Si no, soy partidario de que colguemos al baile del Palacio a guisa de comedia y de moralidad.

—¡Así se habla! —gritó el pueblo—. Empecemos por colgar a sus alguaciles.


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