Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Siguió una gran aclamación. Los cuatro pobres diablos empezaban a palidecer y a mirarse unos a otros. La muchedumbre se precipitaba hacia ellos, y ya veÃan la frágil balaustrada de madera que los separaba de esta inclinarse y ceder bajo la presión.
El momento era crÃtico.
—¡Sin piedad! ¡Sin piedad! —gritaban de todas partes.
En ese instante, el tapiz del vestuario que describimos antes se levantó para dar paso a un personaje cuya sola visión detuvo súbitamente a la multitud y trocó como por ensalmo su cólera en curiosidad.
—¡Silencio! ¡Silencio! —gritaron de todas partes.
El personaje, muy intranquilo y temblando de pies a cabeza, avanzó hasta el borde de la mesa de mármol haciendo sin parar reverencias que, conforme se acercaba, cada vez se asemejaban más a genuflexiones.
No obstante, poco a poco la calma se habÃa restablecido. Solo se oÃa el ligero murmullo que siempre se eleva del silencio de la multitud.