Nuestra Señora de ParÃs
Nuestra Señora de ParÃs Entonces comenzó entre el médico y el arcediano uno de esos prólogos encomiásticos que precedÃan, según era costumbre en aquella época, toda conversación entre eruditos y que no les impedÃa detestarse con toda la cordialidad del mundo. Por lo demás, hoy en dÃa continúa haciéndose lo mismo; toda boca de erudito que dirige parabienes a otro erudito es un vaso de hiel endulzada.
Las felicitaciones de Claude Frollo a Jacques Coictier se referÃan sobre todo a los numerosos beneficios temporales que el digno médico habÃa sabido obtener, en el transcurso de su envidiada carrera, de cada enfermedad del rey, operación de una alquimia mejor y más segura que la búsqueda de la piedra filosofal.
—En verdad, doctor Coictier, que me ha causado gran alegrÃa enterarme del nombramiento como obispo de vuestro sobrino, el reverendo Pierre Versé. ¿No es obispo de Amiens?
—SÃ, señor arcediano, es una gracia y misericordia de Dios.
—¿Sabéis que tenÃais un aspecto espléndido el dÃa de Navidad, a la cabeza de vuestra compañÃa del Tribunal de Cuentas, señor presidente?
—Vicepresidente, don Claude. ¡Desgraciadamente, nada más!
—¿Cómo va vuestra magnÃfica casa de la calle Saint-André-des-Arcs? Es un Louvre. A mà me gusta mucho el albaricoquero que está esculpido en la puerta con ese gracioso juego de palabras: À L’ABRI-COTIER.[63]